jueves, 6 de noviembre de 2025

El Alma Dormida

 


Prólogo: El despertar

No sabía cuánto tiempo durmió.

Tenía la sensación de llevar siglos en la más profunda oscuridad; mas la neblina que preceden las tinieblas aún azotaba el horizonte.

Pero, cuando abrió los ojos, el mundo ya no era el mismo que recordaba: frondosos árboles le habían robado la morada al viejo y seco valle, las ciudades eran de vidrio, y los hombres hablaban con voces sin cuerpo.


El que despertó no recordaba su nombre, solo un rumor en la mente:

> “Has dormido mientras ellos construían sus certezas.”


Se levantó.

El aire olía a metal y a soledad.

Y comenzó a caminar.


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I. El mercado de los espejos

Sus primeros pasos le llevaron a una gran plaza donde los hombres vendían espejos.

Eran miles, colgados como frutos brillantes de árboles en ramas muertas.

En cada uno, un rostro distinto: el del sabio, el piadoso, el eficiente, el amado, el obediente.


Una mujer se acercó y le ofreció uno:

> —Elige tu reflejo, extranjero. Todos lo hacen.

Nadie soporta no saber quién es.


El que despertó miró los espejos y vio cómo las imágenes cambiaban según quién los mirara.

Algunos lloraban, otros sonreían, otros se ajustaban la postura frente al reflejo que creían suyo.


Entonces dijo:

> “Os vendéis a vosotros mismos, y llamáis a eso identidad.

Pero lo que sois no cabe en un cristal.

El espejo os devuelve lo que esperáis, no lo que sois.

Si queréis encontraros, cerrad los ojos y mirad dentro de vosotros mismos.

El hacer es el único rostro que no se borra.”


Al decir esto, uno de los espejos se resquebrajó.

Y por un momento, el mercado entero guardó silencio.


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II. El templo de las respuestas

Confuso, siguió su camino, tratando de alejarse de tanto tumulto. Allí, a lo lejos, divisó un viejo templo de piedra blanca.

En su interior, sacerdotes vestidos de números y fórmulas recitaban bonitas y esperanzadoras oraciones.

Cada duda tenía respuesta, cada pregunta su casilla en una tabla de mármol.


Un anciano de larga y blanca barba le dijo:

> —Aquí nadie sufre por no saber.

Hemos eliminado la incertidumbre.

Todo tiene nombre y ley.


Entonces el que despertó habló:

> “Nombrar no es comprender.

Vuestros dioses son definiciones, y vuestras plegarias, hábitos.

No temáis lo incierto: es la respiración del universo.

Cuando dejáis de preguntar, morís de rodillas.”


Y salió del templo, mientras los sabios proferían todo tipo de susurros hacia ese pobre individuo que había perdido el eco de su misericordia.


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III. El río del tiempo

Tras largos días de peregrinaje, encontró un antiguo monasterio de viejos ascetas, con un precioso riachuelo de aguas lentas.

Aquel lugar podría darle paz y, por qué no, la sensación de sentir desprenderse de su sombra; porque el tiempo es un río que nos invita a navegar sin mapa.


A su orilla, sabios errantes arrojaban sus relojes al agua.

Decían: “El tiempo nos oprime; si lo destruimos, seremos libres.”


Él observó los relojes hundirse como peces de piedra muertos.

Tomó uno, lo limpió del barro y lo sostuvo contra la luz.


> “El tiempo no os oprime.

Os oprime la idea de que debéis llenar cada segundo con sentido.

Pero el tiempo no pide nada: sois vosotros quienes podéis crear en él.

No destruyáis los relojes: construid algo que valga su tic-tac.

No hay tiranía en las horas, sino en la espera.”


Entonces arrojó el reloj al aire, y cayó en el agua como una semilla.

El río pareció sonreír.


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IV. La casa de las voces

Río abajo prosiguió su marcha, exhausto ante tanto desconcierto. Al llegar a las faldas de la montaña, oyó murmullos que venían de todas partes.

Eran voces sin cuerpo que decían qué debía sentir, qué debía pensar, qué debía desear.

Eran tan numerosas que apenas podía escucharse a sí mismo.


Cubriéndose los oídos, gritó:

> “¡Callad!

No quiero ser eco de lo que repiten los demás.

Prefiero equivocarme solo, que acertar con la multitud.”


Las voces rieron.

Y entonces comprendió que no estaban afuera, sino dentro: eran los fragmentos de todas las vidas que no vivió.


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V. La angustia

Esa noche, mientras el viento hablaba con las ruinas, se dijo:


> “Soy libre.

Pero esa palabra pesa como una piedra en el pecho.”


La agarró y la lanzó muy lejos, esperando desprenderse de ella. Pero se dio cuenta de que sus bolsillos también estaban llenos de pequeñas piedrecitas. Metió sus manos en los bolsillos, las agarró y, mirando al horizonte, suspiró.

Se sentó en una roca y guardó silencio durante largo tiempo. Cogió varias piedras del camino y las metió en su mochila. Reanudó su marcha.