jueves, 19 de marzo de 2026
El Rostro
jueves, 12 de marzo de 2026
El Valle de Akron
En un antiguo valle existía un río que dividía el mundo en dos mitades.
Al este del río vivían los animales del bosque: poderosos, rápidos, ambiciosos. La ley del más fuerte estaba siempre presente; quien más corría, más comía. El que más cazaba, tenía la morada más grande. Los que a mejor posición llegaban, más crías tenían.
Al oeste del río, los animales de la tierra tranquila: pacientes, contemplativos, silenciosos. Allí nadie peleaba, nadie corría. La paz y la armonía reinaban como un manto perpetuo que parecía cubrir cada rincón del valle. Los días transcurrían lentos, casi inmóviles, y el viento era el único que se atrevía a perturbar aquel orden sereno. Algunos decían que era el lugar más sabio del mundo.
En el medio, como barco solitario en el océano, la cigüeña vivía parte del año, aprovechando el cobijo del Gran Árbol. Desde aquella altura observaba ambos lados del río. Veía cómo el sol nacía sobre el bosque inquieto y se apagaba sobre la tierra tranquila. A veces permanecía inmóvil durante horas, como si midiera el peso invisible de cada orilla. Nadie sabía muy bien de dónde venía ni por qué se quedaba allí, pero todos aceptaban su presencia como se acepta una roca en el camino o una nube en el cielo.
El río, mientras tanto, corría entre ambos mundos sin detenerse jamás. No parecía inclinarse hacia ningún lado, como si su naturaleza fuese simplemente mantenerse en medio.
Ambos lados del río se despreciaban mutuamente.
—Tierra tranquila la llaman, ¡ja! —se decía el jabalí—. Míralos, incapaces de construirse una simple choza para cobijarse durante el frío invierno. ¿Quién puede vivir tranquilo así? Normal, ¿quién va a trabajar, si se pasan el día mirando esos papeles a los que llaman libros y paseando por esos mugrientos caminos?
Y, mientras gruñía, el jabalí pateaba el suelo como si quisiera empujar el río entero hacia el oeste, convencido de que todo lo que había al otro lado era debilidad disfrazada de virtud.
La tortuga asomó la cabeza de su caparazón, tras una reparadora siesta.
—Sigue, sigue mirando, belicosa bestia de la naturaleza. Tus zarpas nunca podrán alcanzar lo que tus colmillos tanto anhelan.
Los animales de la tierra tranquila asentían. Decían que la ley del más fuerte era una enfermedad del espíritu. Que ninguna criatura nace para erguirse sobre otra como si el mundo le perteneciera. Que el valle había perdido el rumbo cuando algunos empezaron a medir la vida en victorias y derrotas.
—La naturaleza no entiende de dominadores ni dominados —murmuraba la tortuga—. Todo lo que vive, forma parte del mismo latido del valle. Cuando una criatura se alza demasiado, otra acaba cayendo demasiado bajo… y el equilibrio se rompe.
Y, mientras hablaban de aquello, el río seguía fluyendo como si escuchara aquellas palabras con paciencia infinita.
Cierto día un chimpancé decidió que quería hacerse una casa en un árbol. Las madrigueras siempre le habían resultado húmedas y oscuras, y cada vez que veía las ramas altas balanceándose con el viento sentía que allí arriba podría respirar mejor.
Pero en la Tierra Tranquila, las decisiones importantes se tomaban entre todos. Hubo una votación. Muchos animales alzaron la voz. Las tortugas dijeron que aquello crearía incomodidad, porque ellas jamás podrían subir a un árbol. El caracol añadió que si algunos vivían en lo alto y otros bajo tierra, la serenidad del valle podría resentirse. Finalmente se decidió que nadie viviría en los árboles.
El chimpancé volvió a su madriguera y desde entonces aprendió a decir que le gustaba la humedad.
Los conejos tampoco vivían del todo tranquilos. Era bien sabido por todos su lívido ardiente, aunque nadie lo mencionaba en voz alta. La norma decía que cada pareja podía tener únicamente dos crías al año. Era por el bien del equilibrio, decían. Pero por las noches algunos conejos se escabullían entre los matorrales. Las madrigueras ocultas empezaron a multiplicarse. Crías que no figuraban en ningún recuento. Promesas de silencio e intercambios discretos. La paz del valle seguía intacta en los discursos, aunque bajo la hierba crecían secretos.
Cierto día, un lince enfermó. Llevaba meses alimentándose de raíces y frutos secos, como dictaban las normas de convivencia. Pero su cuerpo no respondía bien. Se sentía débil, mareado, incapaz de correr.
—Necesito carne —dijo.
El consejo se reunió.
—Comer ratones generaría miedo —respondieron—. Y el miedo rompe la paz.
El lince insistió, pero le recordaron que su especie había aceptado el acuerdo hacía generaciones. Le pidieron que pensara en el bien común y le advirtieron de las consecuencias. Finalmente el lince guardó silencio.
En el bosque del este, mientras tanto, la vida rugía sin descanso.
Un joven zorro comenzó a sentirse extraño. Desde pequeño le habían enseñado a correr, cazar, vigilar, competir. Dormir era un lujo breve entre dos persecuciones. Comer era una conquista. Pero a veces, cuando terminaba de cazar y el estómago estaba lleno, sentía un cansancio profundo.
—¿Por qué seguimos buscando comida cuando ya no tenemos hambre? —se preguntaba.
Los lobos lo miraban como si hubiera dicho una tontería.
—Porque mañana podrías no tenerla.
—¿Y pasado mañana?
—Porque otro podría quitártela.
Había animales que poseían mansiones enormes, llenas de reservas que jamás llegarían a comer. Otros, como los hurones, apenas sobrevivían. Todos corrían.
Una tarde vio al otro lado del río a la tortuga y al topo leyendo unos libros. Le resultó fascinante: aquellos animales parecían tranquilos. Nadie corría. Nadie cazaba. Nadie gritaba. Era un paraíso.
A veces imaginaba cómo sería despertar sin tener que competir con nadie. Sentarse a pensar. Divagar. Preguntarse por qué, si ellos traían sol por la mañana, el otro lado del valle se lo robaba al atardecer.
Y empezó a desear cruzar el río.
Una tarde vio a la cigüeña posada en el Gran Árbol.
—¿Cómo puedo cruzar? —le preguntó.
La cigüeña lo miró largo rato.
—Muchos han preguntado eso —dijo—. Pocos han mirado el río antes de hacerlo.
—Yo solo quiero pasar… —gruñó el zorro—. Maldito muro de agua. ¿Quién lo habrá puesto aquí, separando todo lo que quiero?
—El río separa —respondió ella—, pero también sostiene. Si una orilla desapareciera, el río dejaría de ser río.
El zorro frunció el ceño.
—No entiendo.
La cigüeña no explicó nada más.
Al día siguiente volvió.
—Quiero cruzar.
La cigüeña señaló el agua. El zorro se acercó al borde. El río estaba tranquilo. En su superficie vio reflejado el bosque, pero también la tierra tranquila. Los dos mundos cabían en la misma corriente y por un instante comprendió algo extraño: el bosque corría sin saber por qué. La tierra tranquila obedecía sin preguntarse para qué. Unos vivían agotados. Los otros reprimidos. Ambos creían haber encontrado la verdad. Ambos estaban demasiado seguros de tener razón.
El zorro levantó la cabeza. La cigüeña seguía allí, inmóvil, como si guardara el punto exacto donde el mundo deja de inclinarse hacia un lado u otro.
—¿Entonces cuál es el lado correcto? —preguntó.
La cigüeña inclinó el pico hacia el agua.
—El río nunca eligió orilla.
El zorro la observó, pensativo. Agachó la cabeza y se retiró a su morada.
jueves, 6 de noviembre de 2025
El Alma Dormida
Prólogo: El despertar
No sabía cuánto tiempo durmió.
Tenía la sensación de llevar siglos en la más profunda oscuridad; mas la neblina que preceden las tinieblas aún azotaba el horizonte.
Pero, cuando abrió los ojos, el mundo ya no era el mismo que recordaba: frondosos árboles le habían robado la morada al viejo y seco valle, las ciudades eran de vidrio, y los hombres hablaban con voces sin cuerpo.
El que despertó no recordaba su nombre, solo un rumor en la mente:
> “Has dormido mientras ellos construían sus certezas.”
Se levantó.
El aire olía a metal y a soledad.
Y comenzó a caminar.
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I. El mercado de los espejos
Sus primeros pasos le llevaron a una gran plaza donde los hombres vendían espejos.
Eran miles, colgados como frutos brillantes de árboles en ramas muertas.
En cada uno, un rostro distinto: el del sabio, el piadoso, el eficiente, el amado, el obediente.
Una mujer se acercó y le ofreció uno:
> —Elige tu reflejo, extranjero. Todos lo hacen.
Nadie soporta no saber quién es.
El que despertó miró los espejos y vio cómo las imágenes cambiaban según quién los mirara.
Algunos lloraban, otros sonreían, otros se ajustaban la postura frente al reflejo que creían suyo.
Entonces dijo:
> “Os vendéis a vosotros mismos, y llamáis a eso identidad.
Pero lo que sois no cabe en un cristal.
El espejo os devuelve lo que esperáis, no lo que sois.
Si queréis encontraros, cerrad los ojos y mirad dentro de vosotros mismos.
El hacer es el único rostro que no se borra.”
Al decir esto, uno de los espejos se resquebrajó.
Y por un momento, el mercado entero guardó silencio.
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II. El templo de las respuestas
Confuso, siguió su camino, tratando de alejarse de tanto tumulto. Allí, a lo lejos, divisó un viejo templo de piedra blanca.
En su interior, sacerdotes vestidos de números y fórmulas recitaban bonitas y esperanzadoras oraciones.
Cada duda tenía respuesta, cada pregunta su casilla en una tabla de mármol.
Un anciano de larga y blanca barba le dijo:
> —Aquí nadie sufre por no saber.
Hemos eliminado la incertidumbre.
Todo tiene nombre y ley.
Entonces el que despertó habló:
> “Nombrar no es comprender.
Vuestros dioses son definiciones, y vuestras plegarias, hábitos.
No temáis lo incierto: es la respiración del universo.
Cuando dejáis de preguntar, morís de rodillas.”
Y salió del templo, mientras los sabios proferían todo tipo de susurros hacia ese pobre individuo que había perdido el eco de su misericordia.
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III. El río del tiempo
Tras largos días de peregrinaje, encontró un antiguo monasterio de viejos ascetas, con un precioso riachuelo de aguas lentas.
Aquel lugar podría darle paz y, por qué no, la sensación de sentir desprenderse de su sombra; porque el tiempo es un río que nos invita a navegar sin mapa.
A su orilla, sabios errantes arrojaban sus relojes al agua.
Decían: “El tiempo nos oprime; si lo destruimos, seremos libres.”
Él observó los relojes hundirse como peces de piedra muertos.
Tomó uno, lo limpió del barro y lo sostuvo contra la luz.
> “El tiempo no os oprime.
Os oprime la idea de que debéis llenar cada segundo con sentido.
Pero el tiempo no pide nada: sois vosotros quienes podéis crear en él.
No destruyáis los relojes: construid algo que valga su tic-tac.
No hay tiranía en las horas, sino en la espera.”
Entonces arrojó el reloj al aire, y cayó en el agua como una semilla.
El río pareció sonreír.
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IV. La casa de las voces
Río abajo prosiguió su marcha, exhausto ante tanto desconcierto. Al llegar a las faldas de la montaña, oyó murmullos que venían de todas partes.
Eran voces sin cuerpo que decían qué debía sentir, qué debía pensar, qué debía desear.
Eran tan numerosas que apenas podía escucharse a sí mismo.
Cubriéndose los oídos, gritó:
> “¡Callad!
No quiero ser eco de lo que repiten los demás.
Prefiero equivocarme solo, que acertar con la multitud.”
Las voces rieron.
Y entonces comprendió que no estaban afuera, sino dentro: eran los fragmentos de todas las vidas que no vivió.
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V. La angustia
Esa noche, mientras el viento hablaba con las ruinas, se dijo:
> “Soy libre.
Pero esa palabra pesa como una piedra en el pecho.”
La agarró y la lanzó muy lejos, esperando desprenderse de ella. Pero se dio cuenta de que sus bolsillos también estaban llenos de pequeñas piedrecitas. Metió sus manos en los bolsillos, las agarró y, mirando al horizonte, suspiró.
Se sentó en una roca y guardó silencio durante largo tiempo. Cogió varias piedras del camino y las metió en su mochila. Reanudó su marcha.
domingo, 6 de abril de 2025
Eternidad
Parecía tener un pacto con la naturaleza, era como si ésta le estuviera eternamente agradecida.
Los rayos del sol creaban vida a todo cuanto le rodeaba, dando luz a los verdes pastos y forma a un hermoso y profundo horizonte. Los ríos avanzaban sin prisa, escupiendo la tierra con paciencia infinita. La cálida brisa susurraba en el silencio, como queriendo hablar un idioma antiguo y ya olvidado con su largo y suave cabello.
La carretera era amplia y el tiempo parecía inmutable; con una sonrisa invariable, su rostro se mimetizaba con la naturaleza que le rodeaba.
Parecía transitar ese precioso camino eternamente, puesto que quien no mira atrás, solo ve lo que tiene en frente; pero quien no mira atrás, tampoco entiende lo que ve...
De repente, dio un repentino frenazo; un escalofrío recorrió su cuerpo y su eterna sonrisa se tornó en perplejidad, la cual se fue transformando en incomprensión, duda, miedo y finalmente el pánico más absoluto, como un camaleón que descubre a quien, en cuestión de segundos, acabará con su vida.
Cerró fuerte los ojos y volvió a abrirlos; no, no era una pesadilla, todo era más real que nunca: Allí mismo, en frente suyo, no había nada.
miércoles, 16 de octubre de 2024
Utopía
lunes, 14 de octubre de 2024
¿Dónde están los sueños?
Columpios susurrando a las nubes, en un impulso de alegría y esperanza, que al final siempre vuelven al punto de partida. Coloridos sonidos y verde melodía, junto a un lago a simple vista sereno, cuyas aguas profundas esconden remolinos de pensamientos olvidados. Arena con la que disfrutar haciendo todo tipo de formas y figuras, frondosos árboles que parecen susurrar secretos ya olvidados...
Todos los sentimientos y emociones se encontraban jugando en el parque de la vida.
Pero, como toda vida, tenía sus cosas buenas y sus cosas malas. Podía verse a los sentimientos columpiarse, ayudados por el Ánimo y empujados por la Fe. El columpio de al lado permanecía inmóvil, con Desgana subida en él y Apatía sin empujarlo. Eran mirados por Curiosidad e Interés desde detrás de un matorral, esta última sin entender por qué Apatía y Desgana no querían divertirse. Curiosidad lo observaba con una curiosa mirada, ¡qué curioso! Curioso le parecía también a Intriga, intrigado en qué estaban dialogando sus dos compañeros.
Histeria no dejaba de dar vueltas en círculo.
—¡¡Ese tobogán es muy peligroso!! —Le gritaba a Temeridad.
Ésta hacía caso omiso y, junto a su compañera y colega Desobediencia, se lanzaban por el largo tubo para ir a dar con sus huesos sobre la arena, donde el Dolor les estaba esperando.
—¡¡No me piséis!! —Una vez más hicieron caso omiso a sus súplicas.
Desdicha también merodeaba con sus amigos Disgusto y Pena sobre la arena del parque. Nadie se acordaba de ellos, nadie quería jugar con ellos… pero al final, por una cosa u otra siempre acababan, eso sí, por un descuido, encontrándose con sus enfadados compañeros. —¡Cuidado, Descuido! que te vas a caer del columpio —, y es que, al final, el descuido casi siempre acababa con Dolor. Al lado estaba la Despreocupación con su melliza la Preocupación, preocupada de haber sido tan despreocupada, al ir a parar con Disgusto y Lamento.
—¡Debéis ser más cautos!—Gritaba la Cautela…
—Claro, para ti es fácil —Replicaba el Enojo.
Aun así, y a pesar de todos los contratiempos, los sentimientos jugaban tranquilos en el parque; claro, Tranquilidad siempre estaba sentada vigilándoles, mientras tejía unos patucos o unas sandalias, dependiendo de la época del tiempo, para sus nietos Paz y Sosiego. Bienestar y Serenidad hablaban de sus cosas con Tranquilidad, observando cómo la Duda con Júbilo jugaba.
Pero, una tarde, se comenzó a notar que algo no iba bien. Pena y Amargura estaban presentes en todos los rincones del parque. Ilusión jugaba sin ilusión y los sueños no estaban por ninguna parte,
—¿Dónde están los sueños?—Se preguntaba la Intriga, mientras dejaba de mirar a los aburridos Apatía y Desgana.
—Aburrimiento, ¿has visto a los sueños?—Preguntaba Intriga.
—Pereza, ¿tú has visto a los sueños? ¿Y tú, Traición?
Esta última decía haberlos visto junto al Gran Acantilado. Ingenuidad acompañó a Intriga a buscarlo, pero no era así, allí no estaban los sueños… solo la Pasión echándose la siesta. ¿Dónde podrían estar los sueños? Bienestar, Serenidad, Intriga, Ingenuidad… ¡incluso Pereza! todos buscaban a los sueños, pero no los encontraban por ninguna parte.
Incongruencia dijo haberlos visto por última vez cerca del Odio, la Ira y la Amargura, en la zona oscura del parque, hacía ya un par de días. Desconfianza y Engaño dijeron haberlos visto también por la zona oscura esa misma mañana… Bienestar, Serenidad, Intriga, Ingenuidad… ¡incluso Pereza! fueron a buscarlos, tenían que encontrar a los sueños.
En un recóndito rincón encontraron al Amor llorando, desconsolado.
—Lleva así varios días —Decía Preocupación.
A los sentimientos les parecía extraño, no les era normal ver al Amor llorando desconsolado durante tanto tiempo, algo muy grave debía pasarle. Allí cerca, Felicidad y Afección vivían con desgana, y no es que Desgana debiera ser marginada, pero ya había estado mucho tiempo con ellos, demasiado tiempo. También Desinterés y Desánimo jugaban con ellos a todas horas, incluso día y noche, al no poder dormir por culpa de Temor, que no paraba de hacer ruido. ¿Temor a qué? Quizá temor a la soledad, «pobre Soledad», se decía Penumbra.
Una vez llegaron a la zona oscura continuaron la búsqueda de los sueños.
—Mira detrás del rosal —Le decía Intriga a la Obediencia, —nada, aquí solo está la Belleza echándose la siesta.
—Debajo de las rocas —Nada, la Pasión.
Y debajo del viejo sauce llorón, pasando el día se encontraba el Entusiasmo.
Todo esto era tan raro… sentimientos que siempre jugaban junto al gran árbol, con la Tranquilidad y el Bienestar, estaban apáticos, tristes y apenados.
Aun así, seguían sin encontrar a los sueños. A Amargura y Desánimo parecía no importarles la situación de los otros sentimientos, ya que tenían los columpios libres para jugar junto a Abandono y Desgana. Ellos, que siempre estaban echándose sus partidas de mus con cara de pocos amigos, y más aburridos que el propio Aburrimiento.
Sabiduría e Inteligencia, que habían sido aceptados por todos hacía mucho, mucho tiempo, se enteraron de lo sucedido y decidieron reunirse con todos los sentimientos. Les hicieron ver que los sueños no son un sentimiento; no podían estar tristes por ellos, ya que no eran uno de los suyos… pero entonces, ¿por qué todos les echaban de menos? ¿por qué el Amor estaba apenado? ¿y la Felicidad?
Varias semanas después, tras varios días de invernal vendaval, amaneció un sol reluciente en el horizonte. El estropeado rosal pareció rejuvenecer y Entusiasmo fue el primero en levantarse; se le podía ver dándose un paseo bajo los preciosos rayos de sol. Ilusión fue la siguiente en madrugar aquella mañana: se puso el pantalón corto y salió a correr.
Cuando sus compañeros vieron esto se alegraron; se alegraron todos excepto Abandono, Desgana, Amargura e Inquietud, que ya no sabían cómo divertirse y volvieron a sus aburridas partidas matutinas de mus.
Ya por la tarde encontraron a Felicidad, jugando en el tobogán, feliz, con su compañera Prudencia, ella siempre tan cauta.
—¡Ten cuidado, te vas a hacer daño!
Junto al rincón oscuro, cerca de ellos estaba el Amor, acababa de salir y, ya sin lágrimas en los ojos, se fue a ver a sus amigos. Aún estaba triste, aunque se le veía más animado que antes.
—Venga, ¡vamos a jugar! —Le gritaba la Ilusión.
Amor se fue con Ilusión, a quienes se unió un exultante Entusiasmo. Poco a poco el Amor fue jugando con sus compañeros hasta que volvió a recobrar la felicidad; Amor y Felicidad jugaban con Entusiasmo. Todo era tan bonito… hasta la Belleza había dejado de echarse sus eternas siestas tras el ya florecido rosal.
—¡Bendita primavera! —Gritaba ésta.
Todo parecía volver a su cauce normal, pero… ¿qué pasó con los sueños? se preguntaba la Ignorancia. Todos se habían olvidado de ellos y no habían aparecido por ninguna parte; bueno, qué importa, si no eran un sentimiento…
Efectivamente, los sueños no son un sentimiento. Lo que no saben es que, allá donde estén, sin ellos, el Amor aún estaría llorando en su oscuro rincón y Felicidad seguiría jugando con Desgana.
domingo, 6 de octubre de 2024
El Vagabundo
—¿Qué haces tan tarde, buen hombre, en este oscuro callejón? ¿Qué buscas bajo esta pequeña farola?
—Ohhh, déjame, viejo vagabundo. Estoy buscando las llaves del coche, se me han perdido y he de volver a casa cuanto antes.
—¿Tanta prisa tienes en llegar? ¿Acaso te espera algo más gratificante que este sombrío callejón?
—Hace frío y no tengo humor para hablar con desconocidos. No hay nada más ingrato que estar merodeando en la oscuridad.
—Nunca tenemos tiempo para hablar con lo que desconocemos, quizá por eso no lo conocemos, quizá por eso nuestro humor oscurece el camino y buscamos quien lo ilumine.
Si más nos detuviéramos a observar en la oscuridad, sería la luz la que vendría a nosotros y no nosotros a ella —replicó el mendigo.
—Qué sabrás tú del camino y de la luz, durmiendo bajo esos cartones, viejo infeliz. Poca suerte has tenido en la vida, para tanta sabiduría que crees llevar contigo.
—La felicidad no colma los sentidos, colma el corazón —dijo el mendigo.— La felicidad no es el tener, es el ser.
—El frío apremia, y a la vista está que no has tenido suerte en la vida como para ir dando lecciones —replicó el hombre frunciendo el ceño.
—La riqueza no consiste en tener muchas posesiones, sino pocos deseos. ¿Eres feliz, buen hombre? —preguntó el mendigo sonriendo.
Tras un instante de silencio, el hombre replicó visiblemente molesto.
—Me sorprende que sonrías, viejo loco. Acecha tormenta y tu sucio cobijo está infestado de mugre.
—La tormenta está en tu corazón, amigo. Una sonrisa pura no entiende de bienes materiales, ¿acaso no es feliz el pez, sin un hogar donde cobijarse? Lo creemos perdido en la inmensidad del océano, mas en su libertad está su felicidad. A él no le invaden pensamientos que no sabe gestionar.
—He de encontrar mis llaves y marchar cuanto antes —replicó el hombre un poco aturdido.
—Yo te ayudaré a buscarlas. ¿Fue aquí donde las perdiste? No me suena haberte visto antes por este lugar.
—Las perdí a dos manzanas de aquí.
—¿Y qué haces, pues, buscándolas bajo esta farola y no donde las perdiste?
—Es el único lugar donde hay luz —contestó el hombre cabizbajo.
—No aganches la cabeza, no te avergüences, pues buscar en el lugar equivocado es humano. Preferimos herrar, una y otra vez, antes que enfrentarnos a lo que nos hace sufrir.
No te enfades porque haya oscuridad, disfruta las tinieblas, pues cuando dejes de temerlas y seáis amigos, encontrarás la luz que te muestre la salida.
El hombre, cabizbajo y pensativo, sintió un escalofrío que le recorrió el cuerpo.
Cuando alzó la cabeza para dar las gracias al mendigo, éste ya no estaba.
Se tumbó y se arropó con las cajas de cartón; una noche más el frío lo apremiaba en ese oscuro callejón.
lunes, 16 de septiembre de 2024
La leyenda de la Mentira y la Verdad
viernes, 6 de septiembre de 2024
El tiempo
No olvidé aquellos días donde la calma se escondía, yo jugaba perezoso mientras eso me dolía.
Noche sí y día a veces, sin saber le preguntaba, pero un oscuro silencio en mi oído repicaba.
Ella corría veloz como esperanza que se pierde, a veces tan cruel como aquel momento que no vuelve.
Solo hay una vida y un sentido para darle, así que no pienso esperar al tiempo porque él nunca se paró a esperarme.
En quejidos susurraba que mi fin era cercano, pero no solo le ignoré, sino que yo le di la mano.
No le temas a lo malo, ni te aferres a lo eterno, pues si algo malo encuentras solo trata de entenderlo.
Que no te cieguen los colores, no hagas caso a lo que oyes, pues si sientes lo que debes, ¿por qué tanto desorden?
Dicen que el tiempo todo lo cura, que al final siempre se arregla, que si no sales corriendo, no habrá quien te detenga.
Despierta, aprende y observa: en el camino está la llave que el destino anhela.
viernes, 16 de agosto de 2024
El ladrón de ideas
Danny Vidlak era un tipo algo peculiar, aunque aparentaba ser uno más en esta típica y desolada sociedad. A veces pasaba desapercibido, otras, la percepción no era cercana a la realidad.
domingo, 22 de octubre de 2023
Más deprisa
Conejo, ¿por qué corres? ¿Acaso llegas tarde a alguna parte? ¿O es que tienes prisa por vivir? Mueves las orejas y el rabo, como perro que espera a su amo, pero tú esperas encontrar zanahorias sin saber que la escopeta acecha.
- La vida es corta, hay que vivirla al máximo.
¿Qué hay más corto que vivir siendo inconsciente?
Observa al hombre cazando conejos. No temas, no tapes tus ojos con tus grandes orejotas. La realidad es dura cuando se la mira a los ojos, pero ¿no es acaso más duro vivir sin comprender el mundo en el que vives?
Esconderte en tu madriguera no es vivir, como esperar a lo que venga no es elegir.
Cava el pozo antes de tener sed.
Corres y corres, pues crees que por cansarte lograrás dormir, pero eso no ahuyenta tus fantasmas.
Dormir es un auténtico arte; para hacerlo bien es preciso haber estado despierto todo el día. A lo largo de la jornada tenemos que vencernos a nosotros mismos, y eso produce un cansancio que es como opio para el alma. Hemos de volver a reconciliarnos; eso es amargo y quien no se reconcilia duerme mal. Necesitamos encontrar la verdad, de lo contrario tenemos que seguir buscándola por la noche y nuestra alma se queda con hambre. Tenemos que reírnos y alegrarnos, de lo contrario, por la noche nos duele el estómago, que es el padre de todas las tristezas.
- Ohh, ¡¡calla ya, vieja tortuga!! Estás vieja y ya no sabes lo que dices. ¡Soy libre y feliz!
Cierto es que soy vieja, y gracias a ello puedo hablarte como el padre habla al hijo. Más deberíamos escuchar a quien algo nos enseña, y no hacer tanto caso a esas moscas que no dejan concentrarnos.
Porque dime, conejo, ¿cómo puedes creer ser libre viviendo en esa madriguera? Con un ojo en el qué dirán y el otro buscando al lobo.
Comes cuanto gustas y por todos es sabido tu insaciable líbido, pero la libertad no es hacer lo que uno desea en cada momento, pues esos deseos no se pueden controlar; ¿no es eso, acaso, el más claro ejemplo de falta de libertad?
- Conseguiré todo lo que me proponga, no necesito de tus consejos.
No creas a todas esas voces que te animan a seguir intentándolo; dicen que si intentas lo que quieras y lo deseas mucho, al final lo consigues.
Cierto día vi un burro dando cabezazos a una puerta de madera maciza, quería abrirla. Él seguía y seguía insistiendo, día tras otro, hasta que murió de tanto golpearse.
No se dio cuenta que la puerta tenía la llave puesta.
- Hablas demasiado, ¡dicen que te vieron hablando solo! Soy más feliz en mi manada que tú en tu soledad, vieja loca.
¿Hablar solo es de locos? Quien no habla solo, no se conoce a sí mismo. Tenéis razón, conocerse a uno mismo es lo más cercano a la locura, pues veis cosas que nadie os cuenta y os haría extremecer.
El autoconocimiento es un regalo, pero también un desafío; requiere valentía para enfrentar nuestras sombras, miedos y deseos. Pero es este profundo buceo dentro de nosotros lo que nos permite liberarnos de cadenas invisibles y vivir con autenticidad.
Entrenas por ser el más rápido de tu manada, conejo, pero olvidas ejercitar tu mente.
La soledad es el gimnasio del alma.
- La única forma de mejorar es ser el mejor, nunca fracasar. ¡Por eso quiero ser el más rápido!
¿Ves ese árbol? Intentaron talarlo y en sus heridas planté semillas. Han pasado años y en ellas han crecido flores.
Todo lo negativo, todo lo malo, tiene su parte positiva. Solo has de encontrarlo, como el río que busca su cauce.
¿Acaso crees que la nutria no entristece cuando el torrente arrasa su casa? Ella aprende y para la siguiente tormenta usará ramas en lugar de paja.
- No tengo tiempo de seguir hablando contigo. Como te dije, mi tiempo es oro.
Pobre conejo, corre y corre... pero no podrá escapar del lobo que acecha su madriguera.
miércoles, 20 de septiembre de 2023
Al fin y al cabo...
No caía muy bien: tenía un sentido del humor algo peculiar y hay quien dice que cuchicheaba a nuestras espaldas... la mayoría no queríamos volver a verle; quizá no era justo, pero viviríamos mejor sin él. Fue condenado a ser el desayuno del león. Al fin y al cabo, era solo un chimpancé.
Era lenta y a veces obstaculizaba el camino, pero tampoco hacía mal a nadie. Bien es cierto que era algo impertinente en sus argumentos y se creía demasiado sabia, pero vieja y para muchos inservible, así que a nadie le apenó presenciar un nuevo festín. Al fin y al cabo, era solo una tortuga.
Era buena y graciosa, pero nada pudo hacerse por ella. Verla corretear y mordisquear bellotas no nos parecía algo demasiado malo ¿Pero quiénes éramos nosotros para oponernos al juicio del león? No volveríamos a verla, había que acatar las normas. Al fin y al cabo, era solo una ardilla.
Mi mejor amiga, aún lloro su pérdida. Pondría la mano en el fuego porque ella no hizo nada malo, ni si quiera se atrevía a opinar. Pero, ¿quién era yo para discutir la decisión? Era la ley de la selva. Al fin y al cabo, ella era solo una cebra.
.......
Cuando vinieron a por mí, ya no tenía amigos para defenderme. Tampoco enemigos, todos habían acabado en las fauces del rey de la selva; unos por decir lo que pensaban, otros por no decir lo que se supone que habían dicho, otros... no sabemos porqué. Yo no había hecho nada malo, lo prometo. Pero bueno... hay que acatar las normas. Al fin y al cabo, solo soy una gacela.
miércoles, 23 de agosto de 2023
El candelabro
martes, 25 de julio de 2023
Promesas
- Y, como primera medida, me haré vegetariano.
Todas las ovejas lo celebraban: unas aplaudían, otras lloraban de alegría, había quien recordaba a sus padres asesinados y al fin sentía algo de alivio. Por fin cambiaría todo.
Tras muchos años sin cumplir sus promesas, esta vez parecía que iba en serio, ¿por qué no iba a llevar a cabo sus compromisos?
El lobo había vuelto a ganar las elecciones.
sábado, 15 de julio de 2023
El hormiguero
miércoles, 14 de junio de 2023
La ley del bosque
El bosque seguía muriendo, y los árboles seguían votando por el hacha. Ella era astuta, los había convencido de que, por tener el mango de madera, era uno de los suyos.
viernes, 10 de febrero de 2023
El despertar de Zaratustra (I)
Mi regreso
En el mundo escasean los pensadores; la cultura del pensamiento está perdiendo la batalla con la ignorancia y eso, claro, interesa a unos pocos. Todo ello permite la corrupción: pero no solo económica, no, no... sino la peor de todas, la corrupción moral.
Cuando se las dan de sabios, sus pequeñas sentencias y verdades me hacen tiritar de frío. En su sabiduría hay, a menudo, un olor como procedente de la charca. Y, en verdad, yo he oído en ella croar a la rana.





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