jueves, 19 de marzo de 2026

El Rostro



Al principio solo fue un trazo.

No era un buen dibujo, pero tenía algo. Era su dibujo.



Cada mañana se levantaba como quien regresa a un lugar que no ha elegido, tomaba un café solo (casi siempre demasiado caliente o demasiado frío) y se marchaba a su trabajo.

Se pasaba el día imaginando cuál sería su próximo esbozo. El traqueteo del metro, el roce de los abrigos y la luz temblorosa de la mañana parecían ordenar el mundo en fragmentos: una línea aquí, una sombra allá, algo apenas insinuado que su cabeza trataba de atrapar antes de que desapareciera… Como si la realidad le hablase en un idioma incompleto que, a duras penas, se empeñaba en traducir.



Una noche más se encontraba observando las aleatorias formas que el gotelé dibujaba en las paredes de su habitación: una serpiente retorciéndose, un barco a la deriva, una cálida sonrisa… Formas que nacían y morían en el mismo parpadeo, como pensamientos que nunca llegan a ser dichos.

Pero el ladrido de un perro le hizo salir de su trance. Tras unos segundos, una mueca dibujó en su rostro algo parecido a un atisbo de alegría.

Sacó hoja y lápiz del cajón de la mesilla.

Una torpe curva quiso ser mejilla.
Después, una línea más decidida para el puente de la nariz. Los ojos tardaron varios intentos; no terminaban de transmitir lo que anhelaba. Dudó, borró, volvió a empezar. El grafito se acumulaba como si también él estuviera buscando una forma de decir algo que no sabía nombrar. Hasta que acertó y el pliego empezó a devolverle la mirada. Al fin había encontrado la serenidad en ese trozo inerte de papel.

Colgó la hoja en la pared, frente a la cama. Se quedó observándola, olvidando el mundo, como quien mira un recuerdo que aún no ha ocurrido.

A la mañana siguiente maldijo a sus ojos por haberse cerrado antes de lo que hubiera deseado.



El día pasó como pasan las cosas que no se miran: sin dejar rastro. Cuando la luna regresó a su ventana, sintió que el tiempo salía de su letargo y volvía a recuperar su ritmo.

Pronto empezó a hablarle a ese trozo inerte de papel. Al principio en voz baja, como si alguien pudiera oírle. Le contaba cómo había pasado el día, lo que había comido o cómo había soplado el viento en la mañana. A veces se detenía a mitad de frase, esperando una respuesta que no llegaba, pero que, de alguna manera, sentía. Como si el silencio también supiera escuchar.

Una noche le escribió una carta.
La dobló con cuidado y la dejó bajo la hoja, como si su creación pudiera leerla durante la madrugada.

La noche siguiente le escribió otra, y otra, y otra más. Pronto las palabras empezaron a cambiar; ya no eran relatos del día, sino confesiones. Le habló de miedos que nunca había pronunciado en voz alta, de recuerdos que se le habían quedado adheridos como polvo en la piel, de sus cicatrices, de todo aquello que no encontraba forma de existir fuera de sí mismo.

A menudo, apoyaba la cabeza contra la pared y cerraba los ojos. Imaginaba que los trazos del lápiz se disolvían, que el grafito se separaba de la hoja y le besaba la piel, o que una mano tibia emergía del papel y le apartaba el cabello de la frente con una delicadeza que nunca había conocido.



Pasó así muchas noches, hasta que, una de ellas, algo ocurrió.
Los ojos del dibujo parecieron brillar de una forma distinta. Sonrió; quizás era el cansancio de llevar tanto tiempo durmiendo menos horas de lo que su cuerpo necesitaba, así que cerró los ojos, dejando paso a Morfeo.

Los ojos que le observaban, se movieron.

Esa noche se acostó sin apagar la luz.
De repente, algo le inquietó mientras dormía. Abrió los ojos y se encontraba sudando. Su corazón palpitaba muy fuerte, como si hubiese huido de alguien que le quería robar todos sus sueños. Sintió un fuerte dolor en el pecho y se tocó la frente; no parecía tener fiebre.
Miró al frente y ya no estaba. Aquel rostro, a quien tanto había amado durante los últimos meses, había desaparecido. Su vida, su anhelo, la esperanza, ya no estaba.

El pánico se apoderó de su ser. Sus sueños se tornaban pesadilla.
¿Qué sería ahora de sus noches? ¿Y de sus días?La idea le atravesó con una violencia inesperada, como si le arrancaran algo que nunca había tenido del todo. Tendría que volver a buscar figuras en el gotelé de su pared, forzar al azar a parecerse a un milagro, fingir que una de ellas, con un gesto caprichoso, pudiera convertirse en anhelo y, éste, en sueño.

Ahora no quedaba nada.
Una mirada ciega, observando una pared muda, indiferente, incapaz siquiera de mentirle.
Y, sin embargo, nunca antes le había parecido tan devastadoramente vacía.

Quería moverse, pero pareciera que alguien le hubiera sujetado de manos y pies a la cama; estaba inmóvil. Intentaba gritar, pero no tenía voz. Quería llorar, pero no salían lágrimas. Dentro de sí todo se agitaba con violencia, pero su cuerpo permanecía quieto, como si ya no le perteneciera. Como si alguien, o algo, lo estuviera habitando desde dentro.

Tras calmarse, un instante después, consiguió moverse.
Se giró hacia su lado derecho y notó que el espacio no era el mismo de siempre.

Comenzó a llorar.

jueves, 12 de marzo de 2026

El Valle de Akron


En un antiguo valle existía un río que dividía el mundo en dos mitades.

Al este del río vivían los animales del bosque: poderosos, rápidos, ambiciosos. La ley del más fuerte estaba siempre presente; quien más corría, más comía. El que más cazaba, tenía la morada más grande. Los que a mejor posición llegaban, más crías tenían.

Al oeste del río, los animales de la tierra tranquila: pacientes, contemplativos, silenciosos. Allí nadie peleaba, nadie corría. La paz y la armonía reinaban como un manto perpetuo que parecía cubrir cada rincón del valle. Los días transcurrían lentos, casi inmóviles, y el viento era el único que se atrevía a perturbar aquel orden sereno. Algunos decían que era el lugar más sabio del mundo.

En el medio, como barco solitario en el océano, la cigüeña vivía parte del año, aprovechando el cobijo del Gran Árbol. Desde aquella altura observaba ambos lados del río. Veía cómo el sol nacía sobre el bosque inquieto y se apagaba sobre la tierra tranquila. A veces permanecía inmóvil durante horas, como si midiera el peso invisible de cada orilla. Nadie sabía muy bien de dónde venía ni por qué se quedaba allí, pero todos aceptaban su presencia como se acepta una roca en el camino o una nube en el cielo.

El río, mientras tanto, corría entre ambos mundos sin detenerse jamás. No parecía inclinarse hacia ningún lado, como si su naturaleza fuese simplemente mantenerse en medio.

Ambos lados del río se despreciaban mutuamente.


—Tierra tranquila la llaman, ¡ja! —se decía el jabalí—. Míralos, incapaces de construirse una simple choza para cobijarse durante el frío invierno. ¿Quién puede vivir tranquilo así? Normal, ¿quién va a trabajar, si se pasan el día mirando esos papeles a los que llaman libros y paseando por esos mugrientos caminos?

Y, mientras gruñía, el jabalí pateaba el suelo como si quisiera empujar el río entero hacia el oeste, convencido de que todo lo que había al otro lado era debilidad disfrazada de virtud.


La tortuga asomó la cabeza de su caparazón, tras una reparadora siesta.

—Sigue, sigue mirando, belicosa bestia de la naturaleza. Tus zarpas nunca podrán alcanzar lo que tus colmillos tanto anhelan.

Los animales de la tierra tranquila asentían. Decían que la ley del más fuerte era una enfermedad del espíritu. Que ninguna criatura nace para erguirse sobre otra como si el mundo le perteneciera. Que el valle había perdido el rumbo cuando algunos empezaron a medir la vida en victorias y derrotas.

—La naturaleza no entiende de dominadores ni dominados —murmuraba la tortuga—. Todo lo que vive, forma parte del mismo latido del valle. Cuando una criatura se alza demasiado, otra acaba cayendo demasiado bajo… y el equilibrio se rompe.

Y, mientras hablaban de aquello, el río seguía fluyendo como si escuchara aquellas palabras con paciencia infinita.


Cierto día un chimpancé decidió que quería hacerse una casa en un árbol. Las madrigueras siempre le habían resultado húmedas y oscuras, y cada vez que veía las ramas altas balanceándose con el viento sentía que allí arriba podría respirar mejor.

Pero en la Tierra Tranquila, las decisiones importantes se tomaban entre todos. Hubo una votación. Muchos animales alzaron la voz. Las tortugas dijeron que aquello crearía incomodidad, porque ellas jamás podrían subir a un árbol. El caracol añadió que si algunos vivían en lo alto y otros bajo tierra, la serenidad del valle podría resentirse. Finalmente se decidió que nadie viviría en los árboles.

El chimpancé volvió a su madriguera y desde entonces aprendió a decir que le gustaba la humedad.

Los conejos tampoco vivían del todo tranquilos. Era bien sabido por todos su lívido ardiente, aunque nadie lo mencionaba en voz alta. La norma decía que cada pareja podía tener únicamente dos crías al año. Era por el bien del equilibrio, decían. Pero por las noches algunos conejos se escabullían entre los matorrales. Las madrigueras ocultas empezaron a multiplicarse. Crías que no figuraban en ningún recuento. Promesas de silencio e intercambios discretos. La paz del valle seguía intacta en los discursos, aunque bajo la hierba crecían secretos.


Cierto día, un lince enfermó. Llevaba meses alimentándose de raíces y frutos secos, como dictaban las normas de convivencia. Pero su cuerpo no respondía bien. Se sentía débil, mareado, incapaz de correr.

—Necesito carne —dijo.

El consejo se reunió.

—Comer ratones generaría miedo —respondieron—. Y el miedo rompe la paz.

El lince insistió, pero le recordaron que su especie había aceptado el acuerdo hacía generaciones. Le pidieron que pensara en el bien común y le advirtieron de las consecuencias. Finalmente el lince guardó silencio.


En el bosque del este, mientras tanto, la vida rugía sin descanso.

Un joven zorro comenzó a sentirse extraño. Desde pequeño le habían enseñado a correr, cazar, vigilar, competir. Dormir era un lujo breve entre dos persecuciones. Comer era una conquista. Pero a veces, cuando terminaba de cazar y el estómago estaba lleno, sentía un cansancio profundo.

—¿Por qué seguimos buscando comida cuando ya no tenemos hambre? —se preguntaba.

Los lobos lo miraban como si hubiera dicho una tontería.

—Porque mañana podrías no tenerla.

 —¿Y pasado mañana?

 —Porque otro podría quitártela.

Había animales que poseían mansiones enormes, llenas de reservas que jamás llegarían a comer. Otros, como los hurones, apenas sobrevivían. Todos corrían.


Una tarde vio al otro lado del río a la tortuga y al topo leyendo unos libros. Le resultó fascinante: aquellos animales parecían tranquilos. Nadie corría. Nadie cazaba. Nadie gritaba. Era un paraíso.

A veces imaginaba cómo sería despertar sin tener que competir con nadie. Sentarse a pensar. Divagar. Preguntarse por qué, si ellos traían sol por la mañana, el otro lado del valle se lo robaba al atardecer.

Y empezó a desear cruzar el río.


Una tarde vio a la cigüeña posada en el Gran Árbol.

—¿Cómo puedo cruzar? —le preguntó.

 La cigüeña lo miró largo rato.

 —Muchos han preguntado eso —dijo—. Pocos han mirado el río antes de hacerlo.

 —Yo solo quiero pasar… —gruñó el zorro—. Maldito muro de agua. ¿Quién lo habrá puesto aquí, separando todo lo que quiero?

 —El río separa —respondió ella—, pero también sostiene. Si una orilla desapareciera, el río dejaría de ser río.

El zorro frunció el ceño.

 —No entiendo.

La cigüeña no explicó nada más.


Al día siguiente volvió.

—Quiero cruzar.

La cigüeña señaló el agua. El zorro se acercó al borde. El río estaba tranquilo. En su superficie vio reflejado el bosque, pero también la tierra tranquila. Los dos mundos cabían en la misma corriente y por un instante comprendió algo extraño: el bosque corría sin saber por qué. La tierra tranquila obedecía sin preguntarse para qué. Unos vivían agotados. Los otros reprimidos. Ambos creían haber encontrado la verdad. Ambos estaban demasiado seguros de tener razón.

El zorro levantó la cabeza. La cigüeña seguía allí, inmóvil, como si guardara el punto exacto donde el mundo deja de inclinarse hacia un lado u otro.

—¿Entonces cuál es el lado correcto? —preguntó.

 La cigüeña inclinó el pico hacia el agua.

 —El río nunca eligió orilla.

El zorro la observó, pensativo. Agachó la cabeza y se retiró a su morada.