Al principio solo fue un trazo.
No era un buen dibujo, pero tenía algo. Era su dibujo.
Cada mañana se levantaba como quien regresa a un lugar que no ha elegido, tomaba un café solo (casi siempre demasiado caliente o demasiado frío) y se marchaba a su trabajo.
Se pasaba el día imaginando cuál sería su próximo esbozo. El traqueteo del metro, el roce de los abrigos y la luz temblorosa de la mañana parecían ordenar el mundo en fragmentos: una línea aquí, una sombra allá, algo apenas insinuado que su cabeza trataba de atrapar antes de que desapareciera… Como si la realidad le hablase en un idioma incompleto que, a duras penas, se empeñaba en traducir.
Una noche más se encontraba observando las aleatorias formas que el gotelé dibujaba en las paredes de su habitación: una serpiente retorciéndose, un barco a la deriva, una cálida sonrisa… Formas que nacían y morían en el mismo parpadeo, como pensamientos que nunca llegan a ser dichos.
Pero el ladrido de un perro le hizo salir de su trance. Tras unos segundos, una mueca dibujó en su rostro algo parecido a un atisbo de alegría.
Sacó hoja y lápiz del cajón de la mesilla.
Una torpe curva quiso ser mejilla.
Después, una línea más decidida para el puente de la nariz. Los ojos tardaron varios intentos; no terminaban de transmitir lo que anhelaba. Dudó, borró, volvió a empezar. El grafito se acumulaba como si también él estuviera buscando una forma de decir algo que no sabía nombrar. Hasta que acertó y el pliego empezó a devolverle la mirada. Al fin había encontrado la serenidad en ese trozo inerte de papel.
Colgó la hoja en la pared, frente a la cama. Se quedó observándola, olvidando el mundo, como quien mira un recuerdo que aún no ha ocurrido.
A la mañana siguiente maldijo a sus ojos por haberse cerrado antes de lo que hubiera deseado.
El día pasó como pasan las cosas que no se miran: sin dejar rastro. Cuando la luna regresó a su ventana, sintió que el tiempo salía de su letargo y volvía a recuperar su ritmo.
Pronto empezó a hablarle a ese trozo inerte de papel. Al principio en voz baja, como si alguien pudiera oírle. Le contaba cómo había pasado el día, lo que había comido o cómo había soplado el viento en la mañana. A veces se detenía a mitad de frase, esperando una respuesta que no llegaba, pero que, de alguna manera, sentía. Como si el silencio también supiera escuchar.
Una noche le escribió una carta.
La dobló con cuidado y la dejó bajo la hoja, como si su creación pudiera leerla durante la madrugada.
La noche siguiente le escribió otra, y otra, y otra más. Pronto las palabras empezaron a cambiar; ya no eran relatos del día, sino confesiones. Le habló de miedos que nunca había pronunciado en voz alta, de recuerdos que se le habían quedado adheridos como polvo en la piel, de sus cicatrices, de todo aquello que no encontraba forma de existir fuera de sí mismo.
A menudo, apoyaba la cabeza contra la pared y cerraba los ojos. Imaginaba que los trazos del lápiz se disolvían, que el grafito se separaba de la hoja y le besaba la piel, o que una mano tibia emergía del papel y le apartaba el cabello de la frente con una delicadeza que nunca había conocido.
Pasó así muchas noches, hasta que, una de ellas, algo ocurrió.
Los ojos del dibujo parecieron brillar de una forma distinta. Sonrió; quizás era el cansancio de llevar tanto tiempo durmiendo menos horas de lo que su cuerpo necesitaba, así que cerró los ojos, dejando paso a Morfeo.
Los ojos que le observaban, se movieron.
Esa noche se acostó sin apagar la luz.
De repente, algo le inquietó mientras dormía. Abrió los ojos y se encontraba sudando. Su corazón palpitaba muy fuerte, como si hubiese huido de alguien que le quería robar todos sus sueños. Sintió un fuerte dolor en el pecho y se tocó la frente; no parecía tener fiebre.
Miró al frente y ya no estaba. Aquel rostro, a quien tanto había amado durante los últimos meses, había desaparecido. Su vida, su anhelo, la esperanza, ya no estaba.
El pánico se apoderó de su ser. Sus sueños se tornaban pesadilla.
¿Qué sería ahora de sus noches? ¿Y de sus días?La idea le atravesó con una violencia inesperada, como si le arrancaran algo que nunca había tenido del todo. Tendría que volver a buscar figuras en el gotelé de su pared, forzar al azar a parecerse a un milagro, fingir que una de ellas, con un gesto caprichoso, pudiera convertirse en anhelo y, éste, en sueño.
Ahora no quedaba nada.
Una mirada ciega, observando una pared muda, indiferente, incapaz siquiera de mentirle.
Y, sin embargo, nunca antes le había parecido tan devastadoramente vacía.
Quería moverse, pero pareciera que alguien le hubiera sujetado de manos y pies a la cama; estaba inmóvil. Intentaba gritar, pero no tenía voz. Quería llorar, pero no salían lágrimas. Dentro de sí todo se agitaba con violencia, pero su cuerpo permanecía quieto, como si ya no le perteneciera. Como si alguien, o algo, lo estuviera habitando desde dentro.
Tras calmarse, un instante después, consiguió moverse.
Se giró hacia su lado derecho y notó que el espacio no era el mismo de siempre.
Comenzó a llorar.
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